lunes, 30 de junio de 2008

Ya no quedan viajeros como los de antes


Al menos eso me parece a mí. Me explicaré.

Yo viajaba en tren allá por los años 50 y 60, y no costaba ningún trabajo entablar conversación con los demás pasajeros, trabajadores, estudiantes, opositoras a la telefónica, militares con permiso, trabajadoras del hogar, familias enteras, que compartíamos el mismo departamento y hasta la tortilla y el bocadillo. Y a pesar de los rigores del “Régimen”, las conversaciones casi siempre acababan en chascarrillos políticos y críticas a la situación de entonces. Eso sí, suaves, sin pasarse de la raya. Los jóvenes acabábamos facilitándonos nuestros teléfonos para salir luego en la capital a conocernos mejor y aquello era una delicia, a pesar de las casi 5 horas del trayecto Madrid-Salamanca, con parada en todas las estaciones, locomotora de vapor con carbonilla en los ojos, “es peligroso asomarse al exterior”, etc.

La semana pasada tuve ocasión de realizar el mismo trayecto, ahora ya con descuento por mayor de 65 años, trenes más rápidos y modernos, con solo 4 paradas, sin olor a carbonilla pero con olor a gas-oil que viene a ser lo mismo. A la ida, me toca un departamento de 4 pasajeros, dos de frente, con mesa plegable en el centro. La conversación brilla por su ausencia: la señora frente a mí se entretiene jugando a solitarios, la de su lado casi todo el trayecto dormida y la de mi izquierda solo habla con su marido al otro lado del pasillo. Y así en todas las filas.

Ya en el autobús hacia el pueblo, más de lo mismo: al tomar asiento doy los buenos días a mi compañera de asiento que casi ni me contesta. Al regreso, el vagón y el tren son distintos, no hay mesa por medio. Viajo solo hasta Ávila. Allí sube una joven que ni me da los buenos días, lo cual me enfurece. Como represalia, yo no la miro ni la invito a rosquillas y Coca-Cola, me limito a admirar el paisaje, ahora que puedo y a tomar fotos. Al llegar a Chamartín, casi sin retraso, mi “compañera” de asiento se levanta y se prepara para su salida. La observo detenidamente, aspecto de estudiante universitaria, guapilla de cara y delgada, en contraste con otra que había detrás, también de pie, con un generoso escote, un más que generoso mostrador y una estupenda minifalda, puesta para admirar sus también generosas piernas.

Un viaje estupendo, salvo tres cosas principalmente: el olor a grasa en los andenes de la Estación de Salamanca, el olor a gas-oil durante el trayecto y la falta de comunicación entre los pasajeros de ahora. Lo dicho: ya no quedan viajeros como los de antes, al menos eso pienso yo. ¿Qué nos ha pasado a los españoles?.