martes, 1 de abril de 2008

¡Hay que vender La Casona!

Obra terminada.


Obra en curso.

Todo ser humano tiene sus sentimientos, sus recuerdos, sus alegrías, sus tristezas. La cuestión está en la fuerza y la energía necesarias a desarrollar por cada uno para mantener vivos esos recuerdos, para olvidar (o intentarlo al menos) los malos momentos y revivir los buenos, como si hubieran sucedido ayer mismo.

Yo no podía ser menos. Y puedo confesar y confieso, sin rubor, que he pasado los peores momentos de mi vida cuando tuve que hacerme cargo de la venta de LA CASONA, así llamada por la 5ª generación de los que la han disfrutado: mis hijos y mis sobrinos.

Nos remontamos al año 1.894. Nuestro bisabuelo, que no debería andar mal de “perras” (reales y pesetas de la época, se entiende), mandó construir una casa, al estilo de entonces, a las afueras del pueblo, más que nada para descansar y pasar unas horas o días cuando venían de la finca (la dehesa), distante unos 5 km. Tenía lo necesario para las necesidades de entonces: tres habitaciones grandes, cocina, despensa y un desván ocupando toda la superficie de la casa. A la derecha, la leñera, que servía de cuadra, más tarde de conejera y lo que hiciera falta. A la izquierda, un gran corral con su tejado para resguardo de caballerías.

Todo ello ocupaba 248 m2 bien aprovechados. Los muros, de piedra, gruesos, como de 1 m. de espesor. Fuertes rejas de hierro, ventanas de madera y poco más. La casa la heredó luego nuestro abuelo y allí nacieron nuestra madre y sus tres hermanos. La tragedia se cebó en la familia pues la abuela falleció cuando la más pequeña, nuestra madre, contaba apenas 4 años. Para sacar adelante a los cuatro retoños, nuestro abuelo tuvo que gastarse mucho dinero, casi todo, pero aún así consiguió buscarles un porvenir a los tres varones y hasta darles carrera mientras nuestra madre cuidaba de él.

Luego vino la guerra, la cruel e incivil guerra entre hermanos, que les pilló en distintos frentes mientras la hermana colaboraba, como todas las mozas disponibles, atendiendo a los heridos en el improvisado Hospital de Campaña en el Salón Social, hoy reconvertido en Multiusos. Terminada la guerra y licenciado nuestro padre después de 5 años de uniforme y mosquetón, se casaron y se quedaron en casa con el abuelo. Dos de los hermanos se vinieron a Madrid y el otro falleció como consecuencia de la contienda, justo cuando yo nací.

La casa era grande, como digo y necesitaba muchos cuidados. No se atrevieron a venderla por 30.000 pesetas cuando el jefe de la familia tenía una oferta de trabajo en el Metro de Madrid, porque ya había nacido mi hermana, yo estaba en camino y el abuelo ya era mayor y necesitaba atención. Las tejas y las maderas se deterioraban y había que sustituirlas con frecuencia. En el corral no se podía poner tanto esmero, los tiempos eran muy difíciles, había escasez de todo y el tejado del corral acabó desapareciendo en sus dos terceras partes. Eso sí, las vigas servían para el fuego, para hacer la comida y para calentar la lumbre. Tanto el desván como el corral nos servían a nosotros para nuestros juegos con los amigos y vecinos, mientras nuestra madre se iba al huerto a lavar la ropa.

Nosotros, los siete hermanos, nacimos también allí, en la misma habitación y en la misma cama de catres de hierro, con boliches de latón que ya estaban sueltos de tanto juego con ellos. Uno de los niños, el tercero, falleció cuando tenía dos años y esto nos dejó a los cuatro marcados: al padre, a la madre, a mi hermana y a mí. Pero todo pasa y vinieron más: otro hermano, dos mellizas y otra más. Era lo normal en la época, a pesar de las miserias y de las fatigas. Nuestro padre trabajaba en las minas cuando nacieron las mellizas, a 80 km. de distancia y tardó 15 días en conocerlas. Lo recuerdo como si fuera ayer: Era una fría noche de mediados de Diciembre, mi hermano y yo nos fuimos a dormir a casa de nuestros abuelos paternos y mi hermana, con sus 10 años sin cumplir, tuvo que ayudar a la matrona y a la abuela. Como es natural, no dormimos nada, esperando la llegada de la abuela. “¡Hala, ya podeis iros!” “¿Qué ha sido, niño o niña?”. La respuesta de la abuela fue un prodigio de lógica: “Ídebos a casa y lo sabreis”. Casi sin vestirnos salimos corriendo y cuando le preguntamos a la hermana nos quedamos de piedra con su respuesta: “Dos, ¡han sido dos niñas!”. Allí estaban tan campantes, una más morena, la otra más gordita... Y yo, todo un hombrecito, a escribir al padre dándole la noticia.

Respecto a los deberes escolares, los hacíamos al calor de la lumbre en invierno, encima de los grandes bancos de madera (llamados por allí “ESCAÑOS”, no sé porqué), uno a cada lado de la chimenea y por supuesto, a la tenue luz del candil de aceite o de carburo (aún no teníamos luz eléctrica).

Les oí hablar a mis padres de trasladarse a una colonia agrícola de aquellas del Instituto Nacional de Colonización, pero tampoco cuajó, la casa y el abuelo siempre eran los principales obstáculos. Había que aguantar, al fin y al cabo teníamos una casa grande aunque fría, pero había familias aún en peores circunstancias y por el pueblo transitaban familias enteras de mendigos, quinquis, titiriteros durmiendo en las “tenás” de los carros...

Pasa el tiempo y los hombres y mujeres del pueblo trabajan y trabajan para sacar adelante a la familia mientras nosotros vamos a la Escuela, jugamos, traemos leña seca y retamas para la lumbre en los ratos libres... Los muchachos aprovechamos cualquier ocasión para ganarnos unas perrillas, unas veces con los “ojeos” de la caza en las dehesas, otras cuidando ganado, arreando ovejas, haciendo recaditos... Y sobre todo, aprovechando los dos meses de verano para trabajar en la era, la trilla, la limpia y el acarreo del grano y de la paja.

Llegan a España las Bases Americanas, la leche en polvo y el queso americano (a cualquier cosa lo llamaban así). Vienen las inversiones extranjeras de los años 50 y España comienza a salir del letargo, aunque no de la Dictadura. Nosotros no sabíamos nada de Dictaduras ni de Guerras Frías, ya se encargaban de ello nuestros educadores. Como tampoco sabíamos de fútbol, pero sí conocíamos a todos los toreros del mundo y a los mejores jugadores de pelota de los pueblos cercanos, que era el deporte rey por allí.

Comienza la España del DESARROLLO (aunque no tuviéramos Plan Marshall), la España de la emigración. Los mozos que cumplían la “mili” empiezan a marcharse a Asturias, al País Vasco, a Madrid o a Cataluña. En el campo ya se impone más el tractor y la cosechadora que los jornaleros (los “criaos”), y hasta los padres de familia tenían que buscarse el trabajo en otros lugares. Yo me vengo a Madrid con 13 años recién cumplidos, a buscarme un porvenir sacrificando a mis padres y a toda la familia. La hermana mayor ya se buscaba los garbanzos y el resto de la familia se traslada a una dehesa donde mi padre iba de “aperador”, algo así como el jefe de la labor en el campo.

Y LA CASONA se queda sola durante 7 años, deteriorándose, aunque ocupada algunas temporadas por inquilinos que la deterioraban más de lo que pagaban. El huerto de enfrente se quedó sin sembrar de garbanzos, patatas, ajos y lechugas durante este tiempo. Cuando regresó la familia, tuvieron que emplear tiempo y dinero en ponerlo todo a punto, en reparar tejados y paredes. Mi hermana y yo ya nos apañábamos con nuestro trabajito y mis estudios profesionales mientras los demás seguían creciendo. Y todos soñando con dejar de ser “pobres” algún día y rescatar a los padres de la dura vida del pueblo. Yo, al principio, antes de ponerme a trabajar en el taller, aprovecho los dos meses de vacaciones escolares para trabajar en la era. El padre encuentra trabajo por casualidad en el campo, pero al año siguiente ya no fue posible y acaba en Orduña, Vizcaya, en la renovación de la vía férrea, donde los castellanos y extremeños estaban muy bien considerados. Yo ya me traje al hermano a estudiar a Madrid y nos apañábamos con mi modesto sueldo y un poco de ayuda en becas, estudios diurnos para él y nocturnos para mí.

Al año siguiente, me tocó la “mili” en el Norte de África, la hermana mayor se fue a Alemania, las mellizas a San Sebastián y la madre y la hermana pequeña se quedaron en el pueblo, carta va y carta viene. Casi me hacían llorar cuando me contaban que llegaba el cartero justo cuando comían en verano al fresco del portal, les entregaba mis interminables cartas y se les enfriaban los garbanzos mientras las leían. Entre cartas y visitas esporádicas de los demás, íbamos pasando los días y los meses, con una esperanza: volver a juntarnos todos algún día.

LA CASONA seguía allí, desafiante, con las paredes exteriores blanquísimas gracias a una mano de cal que le dí durante mi permiso militar. Daba gusto verla blanquear desde la carretera, entre todas las demás también blancas, por orden de Fraga, Ministro de Información y Turismo para que causara buena impresión a los turistas (mi hermana pequeña, con 7 años, nos escribía “los comunistas” y nos reíamos a placer recordándolo). Desde luego el pueblo ya parecía otro, gracias al trabajo de jubilados y jóvenes de permiso. Pero seguían derrumbándose muchas casas abandonadas, muchos pajares, muchas “tenás” de carros. Primero se producían huecos en los tejados, luego quedaban al descubierto las vigas de madera, las tablas o las retamas que hacían de base a las tejas... Todo esto producía un aspecto casi fantasmal muy desagradable que hoy día, por fortuna, casi ha desaparecido en todos los pueblos por las nuevas construcciones y restauraciones de viejas viviendas.

Y pasan tres años más, juntamos todos nuestros ahorros y damos la entrada para una vivienda en Madrid, que resultó ser una Cooperativa fantasma: la NUEVA ESPERANZA. Justo una semana antes de que estallara el escándalo, retiré la entrada y la deposité en otra cuya construcción ya estaba bastante avanzada. Nos encontramos en los albores de los años 60 y llega la hora de la verdad, la consecución de nuestros anhelos: juntarnos todos de nuevo. ¿Se vende LA CASONA?. No, no vale la pena. Las casas en estos pueblos han perdido casi todo su valor. Además, siempre queda la esperanza de prosperar un poco en Madrid y volver a ella de vacaciones. Ahora hay que traerse los viejos muebles y apañarse como sea.

El día “D”, justo al acabarse las fiestas del pueblo de Septiembre, nuestro padre, ayudado por amigos y familiares de los pocos que aún quedan en el pueblo, cargan dichos enseres en un camión y los tres ilusionados (él, la madre y la hermana pequeña), se disponen a partir hacia Madrid. No pueden evitarlo, dirigen su última mirada hacia lo que ha sido su hogar hasta ese mismo día y el nuestro hasta los 13 años. Y las lágrimas son inevitables. Como lo son las de las vecinas que acuden a despedirlos. -”Volver pronto...” -”Sí, sí, para el verano estaremos aquí de nuevo...”. Nosotros ya tenemos el nuevo hogar a punto, vacío pero limpio, con el olor característico del yeso y la pintura recientes. Será nuestro nuevo hogar, en el extrarradio de la Capital de España, con 65 m2 solamente, sin leñera, sin corral, sin desván... Pero tampoco habría que traer leña, ni lavar la ropa en el huerto en los helados días de invierno, habrá televisión, gas y estufas eléctricas.

Y habrá nuevos amigos y vecinos, aunque nos juntaríamos más tarde por el barrio con otros vecinos de por allí. Y habrá nueva Parroquia, nuevo Cura, nuevos Guardias Civiles, muchas tiendas, muchos cines, muchas fiestas... Hay que integrarse y eso no es difícil. Nosotros ya tenemos edad para “noviear” y pensar en seguir ahorrando, meternos en nuestro propio piso y casarnos. Y poco a poco lo vamos haciendo. Y volvemos a ir de vacaciones en cuanto podemos. Y nuestros padres vuelven ilusionados a LA CASONA, y se inflan a trabajar para mantener la morada casi a punto.

Pero la casa es demasiado grande y antigua y acusa el paso del tiempo y la soledad. La humedad es evidente por permanecer cerrada, los pájaros se hacen dueños del tejado haciendo nidos entre las tejas. Los depredadores que van a comerse los nidos y levantan más tejas y hay más goteras. Y esos bichos, hurones o como se les llame, que se pasean por el tejado como Pedro por su casa en busca de pájaros dormidos. Es demasiado gasto, pero nuestros padres no se amilanan por ello. De vida austera y acostumbrados al sacrificio y al trabajo, van parcheando un poco por aquí y otro poco por allá, eliminando la chimenea que queda solo de adorno pues ya hay cocina de gas aunque sea de segunda mano. Y lavadora, y televisión, todos los muebles y aparatos que estorban en la Capital, allí hacen un buen servicio.

Cuando nuestro padre (“el abuelo”) se jubila, los llevamos los dos a finales de Junio y allí permanecen hasta pasadas las fiestas, por lo que les da tiempo a mantener la casa y el huerto en unas condiciones aceptables. Llega la Concentración Parcelaria y les conceden un trozo más de terreno junto al huerto, renunciando a otros retales de tierra sueltos por otras zonas. El abuelo, con mucha ilusión y muchas energías, incapaz de estar ocioso, se coge las herramientas de toda la vida, la carretilla y la nevera portátil con cervezas frías y se dirige allí cada mañana y cada tarde tras la siesta. Consigue piedras (ya las regalan, con esto de la Concentración Parcelaria), sitúa las cuerdas y con paciencia y conocimiento coloca las piedras una a una, alineadas, simétricas, rectas, como mirando al infinito. Cuando se cansa, se sienta a la sombra de una de las muchas encinas que nos han tocado, se toma su cervecita y su aperitivo... Y a seguir la tarea, interrumpida a veces por la visita de algún eterno amigo que viene a charlar con él. Nuestra madre, “la abuela”, le acompaña en cuanto hace “los oficios” de la casa, le mira con ternura y admiración, seguramente con ese amor de esposa, de madre, de abuela que todas las mujeres sienten pasados los 65 años por el padre de sus hijos y el abuelo de sus nietos.

Y la pared avanza unos metros. Y al año siguiente otros cuantos más. En una de nuestras visitas colocamos una poesía de mi cosecha dedicada a la Virgen Patrona del pueblo, metida en una botella de vidrio y herméticamente cerrada, con recortes de periódicos del día, para la posteridad, por si algún día algún antropólogo la encuentra y quiere investigar. Los hijos le ayudamos poco, porque allí paramos poco en vacaciones. Los nietos se entusiasman viendo de cerca a las vacas, las ovejas, las cabras, los burros, los perros y los gatos, las hierbas, las encinas, las paredes de piedra... Y sobre todo, por la hermosa vista de LA CASONA desde la “cortina” (antes huerto), ahora ya de 6.400 m2 en total. Vuelve a destacar recién blanqueada, ya tiene cal para otros cuatro años. Y el abuelo se sube a las encinas para “desmocharlas” (podarlas) con más agilidad y destreza que todos nosotros juntos.

Algunas veces nos vamos todos de excursión con la merienda y es la delicia de chicos y grandes. Y a la Ermita, y a las presas hidráulicas, y a visitar a otros parientes. Y a los Baños Termales cercanos, donde se recuperan los abuelos de sus dolencias. Todo es felicidad, ya hay 6 nuevos hijos políticos más y 12 nietos. En el bar, en la Iglesia, en el Juego de Pelota, en las Fiestas, nos volvemos a encontrar con los antiguos compañeros de Escuela, conocemos a sus nuevas familias, presentamos a las nuestras... Afortunadamente han pasado los años de escasez y gracias a la emigración volvemos felices y contentos, con algo más de recursos, a la tierra que nos vio nacer, una de las cosas más hermosas que hay en el mundo.

Y las casas viejas y los pajares abandonados se recuperan y se construyen nuevas viviendas con todas las comodidades, y chalets junto a la carretera, y fábricas de embutidos, y cerrajerías, y se cultiva la miel, y se hormigonan las calles, y se construye una piscina y un polideportivo... Hay que aprovechar las ventajas de nuestra pertenencia a la Unión Europea, los pueblos prosperan y la gente parece feliz, especialmente en verano. El abuelo ya casi ha terminado las paredes de “la cortina”, como de 1,5 m. de altura y 0,5 m. de ancha, ya no pueden pasarse allí los animales sin su permiso. Faltan unos 50 m., que de momento se cubrirán con alambres. Se siente satisfecho de su obra, así como de la renovación total del techo del tejado de LA CASONA, maderas y vigas menores incluidas, las más gruesas aún aguantan. Se han gastado todos sus ahorros, pero aún se ha quedado sin renovar la leñera y lo que quedaba en pie del corral. Su ilusión era dejar una casa siempre preparada para que la disfrutaran los hijos y los nietos.

Pero claro, el hombre propone y Dios dispone. Algunos de nosotros corremos la aventura de buscarnos segunda casa por nuestra cuenta y solo vamos al pueblo por dos o tres días en verano. Sin embargo algunas veces se han juntado allí hasta 20 personas en la casa, sobre todo en las Fiestas. Así es la vida.

Un año dejamos a los abuelos allí en Julio y tras un par de días de limpieza y saneamiento, el abuelo se dispone a terminar la dichosa pared de piedra, esos 50 m. que tanto le preocupaban y que quería terminarlos antes de marcharse “al otro barrio”. Al despedirnos, nos confesó que tenía molestias y dolores

y nos dijo tranquilamente y preocupado al mismo tiempo: “Esta ya viene a por mí”. No le hicimos mucho caso, él no era hombre de dolores ni Hospitales desde que terminó la guerra, salvo el estómago, su punto débil. Pero las molestias continuaron, eran ya 80 años de vida, de trabajo, de sufrimientos, de tristezas y alegrías, de desgaste de salud y eso deja huella. Tras algunas consultas en el Médico y en el Hospital cercano, decidimos traerlo a Madrid donde quedó hospitalizado. “¡Próstata, hay que operar!”.

Con firmeza y valentía soportó la operación y el tratamiento post-operatorio, hasta que el año siguiente se nos fue, satisfecho y contento de haber dejado en este mundo toda su obra: su casa, su trabajo, su esposa, sus seis hijos y doce nietos, el último de ellos tomando la Primera Comunión tres meses antes, precisamente de manos de su cuñado, nuestro tío el Misionero de Venezuela, quien estaba de vacaciones por entonces y de cuya obra y Sacerdocio escribiremos en otra ocasión. Aquel verano ya no volvimos por el pueblo, pero antes de morir le prometimos que LA CASONA se conservaría mientras pudiéramos. Y así fue. Cada verano llevábamos a nuestra madre, la abuela, a su casa, a nuestra casa. Allí, sentada en el quicio de la puerta en su silla favorita, con alguno de nosotros que nos relevábamos para acompañarla, veía pasar y saludaba a la gente, a esa misma gente que 70 ó 75 años antes iba a la Escuela con ella, las mismas gentes con las que había compartido juegos, mocedades, fiestas, charlas en la fuente mientras se llenaban los cántaros de agua, esperas en la consulta del Médico o del Auxilio Social...

Recuerdos, muchos recuerdos, muchas lágrimas, pero al mismo tiempo, mucho amor de hijos, nietos, cuñados, primos, sobrinos... Sí, yo la veo allí con la mirada perdida en el horizonte, en las estrellas, en el cielo infinito que tan bien se ve en la noche de los pueblos mientras se oye el sonido penetrante de los grillos, de las lechuzas, los búhos, los tordos, el continuo sonido de los cencerros de las vacas y de las ovejas, ladridos de perros, maullar de gatos, los coches, camiones y motos que pasaban por la carretera...

¡Cómo ha pasado el tiempo! -pensaría-. ¡Ah, si las grandes piedras de LA CASONA pudieran hablar, cuántas cosas podrían decirnos! Testigos mudos del paso del tiempo, más de 100 años. Y ahí sigue, firme, erguida, desafiando a la lluvia y al sol, a las tempestades y a los huracanes, como si los días no pasaran por ella. De pequeños, cuando nos encontrábamos solos y soplaba el viento demasiado fuerte y se oía el zumbido de los árboles y el aire chocar contra las paredes, nos entraba cierto temor que ella contrarrestaba enseguida: “No, tranquilos, que la casa no se cae, ¡menudas paredes tiene...!”.

Pero el tiempo pasa inexorable y nos vuelve a la realidad. La abuela también se fue, de repente, a los 84 años, sin tiempo para despedirse de sus descendientes, pero también con los deberes cumplidos. A mí me dio tiempo unos años antes a convencerla para que arregláramos los papeles de la casa y de una de las parcelas, porque no estaban registradas ni constaban más que en el Catastro para pagar la Contribución. “No creo que sea necesario -nos decía muy convencida-, siempre ha estado así y nunca ha pasado nada”.

“Pero los tiempos han cambiado, madre -le contestaba yo con cierto temor-, ahora hay que registrarlo todo, ya no vale aquello de pasar las propiedades de padres a hijos sin papeles o con un simple apretón de manos como los tratantes de ganado”. Con el apoyo de los demás hermanos conseguimos convencerla y bien que nos vino luego.

Ahora ya la casa es nuestra, a partes iguales. La cuidamos lo que podemos, la pintamos, la mimamos. Pero los pájaros y demás bichejos seguían haciendo de las suyas y la lluvia y la humedad no perdonaban. Nos costó una sustanciosa cantidad de dinero reparar el tejado y sustituir las tejas en mal uso. 200 y pico m2 de tejado necesitaban muchas tejas, muchas tablas y ya había varias goteras. Al no estar habitada, seguíamos a merced de los elementos. En el pueblo ya se estaban cambiando los tejados (entre ellos el de la Escuela y el de la Iglesia) por otros más modernos con teja mixta y con ella ya no podían los tordos ni los pardales que tenían que buscar otros tejados más fáciles, como el nuestro. Se plantea la hora de decidir. Los Maestros Albañiles nos lo ponen claro: “Mira, hay que ser realistas, así os gastareis mucho dinero y nunca os cundirá nada”. Yo voy por allí en Semana Santa y en el verano, observo la situación, las necesidades de reparación: la cocina, el cuarto de baño, las habitaciones, algunas paredes, el tejado... Me subo a él con más miedo que experiencia para situar algunas tejas movidas y lo que hago es romper otras con mi peso al estar húmedas. Pinto por dentro, consulto con los hermanos, pido presupuestos para varias obras... Al final llegamos a la conclusión más lógica: el tejado por encima de todo. Las maderas-base aún se conservan en su mayor parte, pero hay que sustituir muchas de ellas. Las tejas, ¡fuera todas!, hay que poner teja mixta anti-pájaros, anti-hurones, anti-todo.

Otra cosa en la que nos pusimos de acuerdo sin dificultad: era necesario vender la casa y las dos parcelas ya unificadas. Tanteamos el terreno, preguntamos, pusimos un precio. Preparo los carteles para ponerlos en las ventanas altas. La hermana mayor no quiso soportar el dolor y no me dejó ponerlos hasta que ella y su marido no se hubiesen ido a Madrid. Comienza la gente a preguntar por las parcelas, hay varios interesados pero sus ofertas son muy bajas, 50 pesetas ó 0,30 €/m2. “Esto es lo que se paga por aquí y no hay más cera que la que arde, desengáñate, da igual que tenga pared, pozo y encinas, eso no aumenta su valor” - me decían.

Los Maestros Albañiles me dan el presupuesto del tejado. Con lo que nos den por las parcelas no hay ni para la sexta parte del presupuesto. Y por la casa, tal y como está, no nos dan ni la tercera parte de lo que pedimos. No hay más remedio, hay que “escotar” una cantidad considerable cada uno. Otro sufrimiento más, ninguno somos ricos y tres de nosotros ya tenemos segunda casa en otras urbanizaciones. Pero LA CASONA no entiende de esas cosas. Necesita seguir en pie, seguir viva, desafiar al tiempo, demostrar que puede ser tan “eterna” como el Acueducto de Segovia o el Puente Romano de Salamanca. Nosotros no queremos hacer negocio, queremos que la casa siga por lo menos otros 100 años más. Desde la carretera, a un km. de distancia, resaltan las paredes recién encaladas por mí y los carteles blancos en las ventanas, pero desentona el viejo y maltrecho tejado. Me llaman de una agencia, ellos se encargarán de todo. Les digo que a partir del año siguiente, cuando esté reparado el tejado.

Y así nos acercamos al mes de Junio siguiente. Los albañiles, parientes lejanos nuestros, han encontrado un hueco en su agenda y cuando los llamo por enésima vez para preguntarles cuándo van a empezar, me dicen que ya llevan una semana con ello. Me acerco por allí en un viaje relámpago y casi me da otro infarto, el panorama era desolador: cientos de tejas en el suelo, maderas podridas desechadas, mucha arena, mucho cemento, lonas tapando para evitar el agua de lluvia, poleas, seis hombres trabajando (entre ellos dos cubanos), restos de nidos, camiones de escombros, una pala-excavadora, polvo, sudor...¡Y lágrimas! (por mi parte, claro).

El padre y abuelo de los albañiles, ha sido Maestro del oficio toda su vida y ahora emplea su tiempo de jubilado observando cómo sus descendientes continúan su obra y me pone al día: “Tenías que haber visto

cómo estaba esto. Y eso que tu padre y yo trabajamos duro hace 30 años cambiando todas las maderas del techo. Pero los pájaros...” ¡Siempre los pájaros! “Pero mira -continuó-, con esta nueva teja ya tienes tejado para 50 años o más. Anda, súbete en ella, verás cómo no se parte...” Efectivamente, tuve que dar varios brincos encima con mis 83 kilos de peso para partirla.

Me vuelvo a Madrid y pongo al corriente a los hermanos. Me llama el Maestro Albañil y me comunica que las tablas y vigas de la leñera están totalmente inservibles y que es necesario sustituirlas. Esto aumentará el costo y se sale del presupuesto. Nueva consulta, hay que ver alternativas: dejar ésta zona al descubierto, a merced de la intemperie o poner vigas y maderas nuevas, aún a costa de más sacrificio económico. La primera, descartada. Para la segunda, hay que poner más dinero entre todos. Ante la reticencia general y descartada la opción de pedir un préstamo, una de las hermanas y su esposo ponen la cantidad necesaria a cambio de quedarse con las parcelas. ¡Hurra, LA CASONA se salvará otra vez!.

Una vez libre de mis “deberes” de jubilado en Getafe, me encamino para allá con el fin de seguir la obra sobre la marcha. Todo va bien. El tejado ya está todo desmontado, la leñera, con base nueva, todo nivelado con una mezcla especial (creo que la llaman “arlita”) y ya destaca la zona con la teja mixta nueva. Yo ayudo lo que puedo y observo desde abajo, no puedo subir al tejado, está totalmente prohibido mientras trabajan ellos. El Abuelo Maestro Albañil me ayuda a buscar potenciales compradores. Ahora no aparece ninguno. Los jóvenes albañiles continúan su trabajo a pleno sol, imperturbables. A mí me recuerdan a sus abuelos 50 años atrás en sus mismas circunstancias. Pero los peones ya no suben el cemento ni las tejas a hombros por la escalera como hacía mi padre en los años 50. Ahora ya hay poleas y andamios y las tejas que se quitan bajan por rampas bien preparadas.

A la hora de comer me apaño con mi gazpacho y calentando comida pre-cocinada, terminando con cualquier postre y café. Por la noche, lo mismo. Y me sumo en mi soledad y en mis recuerdos, en nuestra infancia, nuestros juegos, el rezo vespertino del Rosario, los cuentos de la madre al calor de la lumbre... El abuelo Maestro que compartió con nuestro padre tantas jornadas de trabajo y tantos sudores, aparece por allí cada noche con su inseparable bicicleta y su fiel perro. Charlamos y me despega un poco del aburrimiento de la televisión veraniega.

Una tarde, mientras descansaba en el tresillo del fresco portal del frenesí de la jornada y mientras los albañiles continuaban su tarea, se presenta un matrimonio joven preguntando por el dueño de la casa. Estaban interesados en una parecida por aquella zona debido a su profesión. Ambos eran Maestros de Escuela, pero él ejercía en un pueblo 40 km. hacia el Oeste y ella a la misma distancia en la capital. Le muestro lo que había en aquel momento y los planes de reparación. Lo ven todo: la casa, la leñera, el corral... No estaban muy convencidos, pero el sitio les gustaba. El es Profesor de pintura y necesitaba además un lugar con buena visión y luz para pintar y exponer sus cuadros. Quedamos en que volverían cuando estuviese finalizada la obra. Se lo cuento a los hermanos y les digo que la cosa puede ir en serio y que se decidan de una vez. Con gran pesar todos me dicen que adelante.

Por fin, la obra se termina en el tejado y algunos arreglos más que eran necesarios para la seguridad de la casa. Se retiran los escombros, se limpia todo, guardo las vigas y maderas en el corral, repinto por dentro y por fuera... La casa ya no es que parezca otra, ¡Es que es otra!, con su tejado nuevo, brillante desde lejos, a prueba de pájaros y goteras. La gente lo mira y todos coinciden en que la inversión ha sido provechosa.

Viene de nuevo el joven matrimonio y les gusta más que antes. Quieren quedarse con ella a pesar de que yo le pido algo más, debido al exceso de gasto que tuvimos que soportar. Llegamos a un acuerdo y a la pregunta de “¿Por dónde empezamos?”, le respondo que lo mejor es acercarse a la Notaría e informarse de los trámites necesarios. No fue difícil, los papeles estaban al día excepto la inscripción en el Registro de la Propiedad. El Abuelo Maestro y su señora hacen de testigos en la tramitación de la venta. Los hermanos tendrán que venir a firmar o entregarme un Poder Notarial a mi nombre. Más lágrimas, más duelos. El Profesor me ruega que la deje vacía, que tienen sus propios muebles.

Bien, por la noche, yo solo, sumido en un profundo pesar, con al televisión al fondo del portal, me hago a mí mismo muchas preguntas: “¿Porqué hemos llegado a esto?” “¿Representa una traición a nuestros padres, a nuestros abuelos y bisabuelos?” “¿Qué dirán de nosotros las gentes del pueblo, que no hemos sabido defender lo nuestro?”. Pero hay que ser positivos. Otras casas como ésta se han caído por abandono, ésta no se caerá. El comprador me ha asegurado que él se encargará de ello, que no me preocupe, que LA CASONA seguirá incluso mejor. Ya tiene planificado todo lo que va a reformar, me enseña dibujos, planos hechos a mano por él mismo... Me consuela mucho ver y oir todo lo que me enseña y me dice, confío en ellos y les deseo lo mejor, que sean tan felices en ella como lo fuimos antes cuatro generaciones.

Vale, hay que ponerse a la tarea, no hay tiempo para vacilaciones ni lamentos, hay que vaciar la casa. ¿Por dónde empiezo? Estoy yo solo, mis hermanos menores aún trabajan, la hermana mayor ya tiene nietos a quien cuidar, mis hijos trabajan y van a lo suyo y mi esposa disfruta más cuidando la parcela, bañándose en la piscina y jugando a las cartas por la noche con la panda vecinal que ayudándome a mí.

Llamo a los hermanos y me dan instrucciones sobre lo que se puede salvar y lo que hay que regalar o tirar. El chamizo que yo mismo preparé como garaje en el corral, a base de hierros y lonas, tendrá que quedarse ahí. Empiezo por abastecerme de cajas de cartón y periódicos para embalar y colocar la cristalería, los vasos, copas, platos y esas cosas que durante los años fueron llenando los armarios. Con paciencia, una a una, voy llenando cajas, me quedo con lo imprescindible para mis comidas facilonas. Y ahora voy con los muebles. Algunos se salvan y se los llevan los vecinos. Otros se los llevan los muchachos para sus Peñas, las Fiestas ya están cerca. Otros pasan a la sección de desperdicios. En el corral hay tres neveras muy antiguas, inodoros, lavabos... mucha morralla que va al camión. Algunos colchones y algunas camas se pueden salvar para los vecinos y las Peñas, un par de camas también para nosotros, sobre todo la de hierro y boliches dorados en la que nacimos todos los hermanos, uno de los cuñados es un “manitas” y la restaurará, así como uno de los grandes baúles del desván. Mesas en buen estado van a manos de nuestros vecinos más próximos, quienes ayudaron a nuestros padres en los veranos. La lavadora y la cocina, todavía en buen uso, me las puedo traer yo para mis hijos, que andan ya con su propio piso. La humedad ha hecho mucho daño y hay que tirar mucha ropa, sábanas, mantas, cortinas, colchas...

Aún paso unos días entre polvo, embalajes, regalo de enseres, tirar los que no valen para otra cosa. Por las noches, otra vez a pensar y a darle vueltas... y a llorar. Sí, los hombres también lloran, aunque no griten, hay muchas formas de llorar. Recibo una llamada por el móvil: es la hermana pequeña “¿Qué tal vas, necesitas ayuda?” “No, ya casi está todo, pero hay muebles grandes que no puedo bajar yo solo...” Ella nota que no todo va bien y lo habla con las demás. “Allí pasa algo, convendría que fuéramos alguno...” “No creo que pase nada, él es fuerte y será cosa de recuerdos...” “No, hermana, lo conozco bien, sé que algo no va como debería ir...” El Sábado se presenta con su marido, mi cuñado, y fue una gran alegría para mí. Volví a sonreir, comimos juntos los tres y avanzamos en el vaciado de trastos. Se fueron por la noche y al día siguiente vinieron otra hermana y otro cuñado, quienes hicieron lo mismo. Yo ya estaba más animado.

Bueno, ya está preparado todo lo que hay que llevarse, dejo allí seis sillas antiguas para que el nuevo dueño las restaure y las luzca, a juego con la casa. He salvado algunas herramientas y utensilios y algunas antigüedades para restaurarlas y adornar nuestras segundas casas, como la vieja bicicleta en la que aprendimos todos a montar; algún fuelle, utensilios de cocina, una plancha de brasas... El Abuelo Maestro y sus hijos y nietos se llevaron toda la leña de encina que no habíamos conseguido gastar desde que se fue nuestro padre. También se llevaron una gran escalera de aluminio que había comprado yo años antes para pintar las fachadas. Buscamos un transportista, nadie mejor que los del pueblo, que tienen tres camiones. El pequeño nos servirá. Después de acordar día y hora para el traslado, el transportista, Concejal del Ayuntamiento y de la Comisión de Fiestas, me espeta, así de sopetón, en presencia del Alcalde: “¿A usted le importaría pronunciar el Pregón de las Fiestas?” “Hombre, pues la verdad, no sé, yo no soy famoso, aquí no soy muy conocido por la gente joven...” “Pero es usted del pueblo, ¿No?” “Ah!, eso sí, eso sí que es un orgullo que no me lo puede quitar nadie...” “Pues nada, hecho...” “En fin, veré a ver si se me ocurre algo, estoy un poco desorientado...” “Para usted eso no será ningún problema, ya lo tenemos hablado entre nosotros...”. Bueno, ya tengo en qué pensar que no sea la dichosa casa. Por las noches, mientras veo la televisión, pienso en el discurso, en lo que voy a decir. Es una gran responsabilidad, pero haré lo posible. El pueblo se lo merece, se ha portado muy bien conmigo y con mi familia.

Nuestra tía, hermana de nuestro padre, viene a su pequeña casa a pasar el mes de Agosto. Esta vez no la traigo yo, sino otro sobrino. Yo aún duermo en LA CASONA, en la única cama que queda en pie. El “escaño” (banco de madera) que quedaba, lo saco a la calle listo para cargarlo, pero tengo que volver a meterlo dentro: hay muchos vecinos que se enamoran de él y quieren que se lo regale. Me cuesta trabajo convencerlos cuando le digo que un cuñado también lo quiere para restaurarlo y repintarlo. A pesar de estar cerca mi tía y su hermana, yo ya no soy el mismo, aunque ahora me preparan buena comida porque las dos son excelentes cocineras. Estoy como traumatizado, no dejo de darle vueltas y más vueltas a la situación, la televisión no me entretiene, duermo mal..

Un día de primeros de Agosto, por la noche, dejamos el camión cargado y al día siguiente, a las 6 de la mañana partimos hacia mi parcela. ¡Adiós, CASONA, nunca más te volveré a ver...! Al llegar a la parcela, mi esposa me pone algunos peros y le contesto desairado y algo violento: “Mira, por favor, no me busques más complicaciones, que ya he tenido bastantes...” El transportista habla con ella, y le cuenta la odisea, descargamos lo nuestro y el resto lo llevamos a la parcela de otra de las hermanas, donde comimos y nos bañamos en su piscina. Y hablamos y duermo la siesta aunque no tan fresquito como en la casa del pueblo.

Comienza una nueva etapa de nuestra vida, trataré de olvidar LA CASONA, me distraeré con los problemas de la casa, de la urbanización... A finales de Agosto vuelvo al pueblo para decir el Pregón de las Fiestas. Iba bien preparado, no sé si gustaría o no, pero el antiguo Salón de Baile, hoy Multiusos, abarrotado de público foráneo y forastero, se puso en pie y aplaudió un buen rato. Estaban allí mis tías, una prima hermana, mi hermana melliza menor y su marido. Buscamos alojamiento en un Hostal cercano y allí dormí yo hasta que se acabaron las Fiestas y regresamos a casa.

El verano pasado, Agosto del 2.007, pasé de nuevo por LA CASONA. El nuevo dueño y su esposa, me invitaron a verla por dentro y mi pobre corazón se alegró. Esto me vino muy bien, ya que ando un poco delicado de ello tras un infarto hace 10 años. Efectivamente, el Profesor y la Profesora habían cumplido su palabra: conservar y mejorar LA CASONA. Era otra. Arriba, en el desván, está el estudio, desde donde se divisa un hermoso paisaje desde un balcón muy ampliado y muy reforzado. El piso, todo nuevo, de madera moderna en el desván y de terrazo en el resto. Cocina totalmente reformada, nuevo y moderno cuarto de baño, algunas paredes con la piedra original a la vista, habitaciones mejor repartidas, calefacción de caldera a tope en toda la casa (refrigeración en verano no le hace falta, las gruesas paredes ya se encargan de que no pase el calor), ventanas de aluminio última moda... Por dentro, casi no se parece nada a lo que había, aunque por fuera las paredes son las mismas, excepto alguna ventana nueva y el panorámico balcón desde donde el artista observa y se inspira para sus cuadros.

Gracias, Profesores-nuevos propietarios; gracias, amables gentes del pueblo que tanto nos habeis ayudado; gracias, hermanos... Y a vosotros, padres y abuelos, que pudierais haber visto todo esto desde el Más Allá, os pido disculpas por la venta de LA CASONA, pero era inevitable, las circunstancias así lo exigieron. La vida no es como uno quiere que sea, el hombre es él y sus circunstancias, como muy bien dijo el gran Ortega y Gasset.


EL HOMBRE DEL ESCAÑO. Abril, 2.008.